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¿Tecnorgasmos?

Foto cortesía de: www.pixabay.com

 

En 1954, James Olds y Peter Milner, investigadores de la Universidad de Michigan, realizaban experimentos con ratones, que consistían básicamente en estimular el área septal del cerebro de los roedores, que es una zona relacionada con el olfato. Este estudio resultaba casi de rutina para estos especialistas, a excepción de un resultado inesperado: Al lanzar corrientes eléctricas en la zona septal del cerebro los ratones se comportaban como si estuvieran viviendo un orgasmo.

Así lo relata un artículo publicado en el sitio web Xataka, que destaca la importancia de este avance científico al servicio de la sexualidad humana. De alguna manera, quedaba demostrado que era posible experimentar placer sexual sin vivir la experiencia carnal… aunque solo fuese en animales. Sin embargo, los experimentos arrojaron datos sorprendentes sobre el comportamiento de los ratones en relación al placer sexual: cuando se les permitía a los roedores elegir entre comer y recibir el estimulo eléctrico que le producía los orgasmos, estos preferían lo segundo y morir famélicos.

Este, fue el inicio de un campo de investigación dedicado al tecnorgasmo, que se consolidó en 2008 con un trabajo científico de Mortel Kringelbach, que recibió el título de “Translational principles of deep brain stimulation”. En él se presentaban los resultados de un experimento en el que estimulaba la “corteza orbotofrontal” de un paciente para producirle placer sexual.

 
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Los datos, alentadores por demás, impulsan a Kringelbach a afirmar que en muy poco tiempo los seres humanos podrían contar con implantes cerebrales que les permitan experimentar orgasmos sin necesidad de tener relaciones o masturbarse. En su criterio, lo más probable es que sea un chip instalado en el cerebro que pudiese ser activado por un botón.

A pesar de este positivo panorama, una tecnología de este tipo todavía presenta muchos detractores y opositores radicales. Algunos se apoyan en los resultados negativos que arrojó una investigación de 1986, en el que se le instaló en un cerebro de mujer un “electrodo NVPL” para auto estimularse de forma sencilla al sentir el dolor postoperatorio de una intervención reciente.  Los resultados fueron contradictorios: aunque los dolores se aliviaron por completo, la dama solo dedicaba tiempo a brindarse excitación sexual, dejando de lado todo tipo de actividad. Con el tiempo, este uso compulsivo le produjo “episodios de taquicardias paroxiales atriales y el desarrollo de comportamientos adversos y síntomas neurológicos durante las situaciones de máxima estimulación”.

Esta realidad, hace pensar a muchos que estos avances no lleguen al feliz termino que muchos, utópicamente, desean, ya que supone trasgredir nuestra naturaleza física: tener un cuerpo que no esta capacitado para recibir placer sexual ilimitadamente. Quizás en el futuro si exista un chip comercializable para casos particulares, como el de aquellas personas con dolores recurrentes relacionados con enfermedades degenerativas.

Fuente: xataka.com

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